
Y un día, la pequeña Coki, en una de sus aventuras, decidió no esconderse, ni huir de aquel monstruo. Se enfrentó a sus fantasmas, y se dio cuenta de que, por muy fieros que parecieran, ella poseía toda la fuerza necesaria para derrotarlos.
Desde ese día, ella dominó el reino, nada ni nadie se impondría jamás en su camino, podría ir de un lado a otro, sin dar tantos rodeos para evitarlos, había conquistado su propio mundo, porque ahora sabía de lo que era capaz, porque sabía lo que quería, y sabía que podía conseguirlo.
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